El maravilloso descubrimiento de Tom McCarthy

Residuos, de Tom McCarthy

Lo siento, de verdad, lo siento mucho. Tom McCarthy no se merece que haya tardado tanto en hablar de él. Tengo excusas, pero no me atrevo a darlas. Él no se merece el aplazamiento al que lo he sometido. Él no tiene la culpa de mi espíritu procrastinador. Intentaré arreglármelas para evitar las digresiones. Vamos a lo que vamos. Residuos, de Tom McCarthy. Una novelón para irse contento a la cama.

Me acuerdo de aquella película que escribió y dirigió Charlie Kaufman, Sinécdoque New York. Un dramaturgo recibe una importante beca para poder dedicarse a crear una gran obra. El dramaturgo, interpretado por Philip Seymour Hoffman, se obsesiona con la idea de crear una obra que represente fielmente su vida actual, contemplando hasta el más mínimo detalle e incorporando todas las novedades que le vayan ocurriendo durante el proceso de escritura, es decir, pretende crear una obra de teatro que se vaya actualizando a medida que el autor está viviendo. Para llevar a cabo todo este embrollo, alquila un almacén gigante y allí monta los decorados de lo que sería el trocito de Nueva York que él experimenta a diario. A mí la idea de esta película me gusta muchísimo. Contada así, me darían ganas de verla si no la hubiera visto ya. Pero el resultado final que consigue Kaufman no acaba de encajar muy bien. A medida que transcurre la película, parece que todo empieza a írsele de las manos al director. La idea que ha pretendido reflejar parece mayor que su talento para reflejarla. Y esta sensación, de hecho, resulta tremendamente irónica si tenemos en cuenta que el protagonista de la película hace todo lo posible para mantener un control absoluto sobre el desarrollo de su obra.

Me acuerdo de esta película porque Residuos es una novela que también nos habla de un proyecto colosal y absurdo, también nos habla sobre la búsqueda del control absoluto. Para poder situarnos, podríamos decir que Residuos es algo así como Sinécdoque New York hecha por Georges Perec.

A través de un argumento acertadísimo, Tom McCarthy me ha hecho pensar acerca de la capacidad que tiene la ficción de imponerse a la realidad, cómo la representación de una cosa puede ser mejor que la cosa representada. De hecho, recuerdo haber oído explicar a algún cineasta cómo se graba una escena en un entorno natural. Me sorprendió la idea de que, en la pantalla, el ruido ambiente de los animales de -por ejemplo- un bosque no resulta creíble. Es necesario filmar el bosque e incluir en el estudio, a posteriori, el sonido ambiente de sus animales para que el resultado sea realista.

A partir de aquí, uno podría ponerse a hablar de Jean Baudrillard y quedarse en la gloria. Pero estas no son horas para excederse con Baudrillard. El concepto de simulacro me parece fundamental dentro de la novela de Tom McCarthy. Pero también tiene un componente de obscenidad, así que prefiero que cada uno haga lo que quiera en su casa con Residuos en una mano y la hiperralidad en la otra. Sin embargo, me parece más higiénico pensar en Flaubert, porque la propuesta de McCarthy es algo así como una actualización del Realismo. Ya no se pretende imitar la realidad a través del arte, sino poner la obra de arte en el lugar de la realidad, dar el cambiazo sin que nadie se entere. El arte nunca podrá abarcar la realidad, pero sí que puede ocupar su sitio. Supongo que, al final, hablando de Flaubert, uno siempre acaba sonando a Baudrillard, ¿qué le vamos a hacer?

Residuos llegó a mis manos gracias a una reseña de Rodrigo Fresán. Ahí se hablaba de la nouveau roman y de otras cosas que molan un montón. Este señor me convenció con su reseña y ahora le estoy agradecido, porque me he encontrado con una joya que no esperaba. He prolongado la lectura de esta novela más de lo deseable, en otros casos hubiera acabado aburriéndome, hubiera perdido el hilo, me hubiera cansado de ver el mismo objeto; pero siempre que he abierto Residuos tras días de postergación, he sentido un placer inmenso al retomar su lectura. Me quedaban pocas páginas y las acabo de rematar. Y ahora no puedo parar de recrear en mi cabeza la última imagen que ofrece la novela.

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15 pensamientos en “El maravilloso descubrimiento de Tom McCarthy

  1. ¡Qué alegría para mis ojos verlo asomar a usted por aquí! Me encantaría que leyera esta novela. Creo que es una de las obras que más me apetece compartir últimamente con la gente. Ya me contará si la lee.

  2. ¡Pero si yo soy feliz aquí! Vendría más pero se prodiga usted poco.
    La leeré, la leeré, prometido, pero antes de he hacerme con ella. No creo que tarde mas de dos o tres semanas. Trataré de acortar plazos pero está difícil porque tengo planes de lectura y no quería modificarlos demasiado.

  3. Hasta hoy, siempre creí que en la cúspide de la pirámide del prestigio y del respeto había que colocar a, por ejemplo, esos médicos que usan sus vacaciones para irse a África para curar a niños enfermos. Pero acabo de cambiar de opinión. Esa cúspide debería ser ocupada por aquellas personas que tienen un “plan de lectura” y que, además, lo siguen. Eso es mucho más honorable, aunque no ayude a salvar muchas vidas ajenas. ¡Un plan de lectura! Yo aspiro a tener un proyecto vital así. De momento, consigo enlazar un libro detrás de otro sufriendo algunos baches y socavones.

  4. No me haga mucho caso. Ya sabe que planes de lectura hago cada mes siete y los incumplo todos. Es sólo que esta vez me lo estoy tomando muy en serio en un nuevo ejercicio de disciplina. Si a Tolstoi le funcionó, ¿por qué no a mí? Si le sirve de consuelo mis planes son fáciles porque ya sabe que yo soy usuario de biblioteca y un ridículo orgullo personal me cuasiobliga a no devolver libros sin leer.
    Para que se haga una idea y por si quiere jugar conmigo a hacer clubs de lectura, mi objetivo a corto plazo es el que sigue: Ahora mismo estoy con “Sin límites” de Alan Glynn e inmediatamente después y no necesariamente por este orden: “Nuestro trágico universo” de Scarlett Thomas; “El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan” de Patricio Pron; “La guerra de la doble muerte” de Alejandro Castroguer; “Confesiones de un inglés comedor de opio” de Thomas de Quincey; “Alma” de Javier Moreno; “En la carretera :sobre el rollo mecanografiado original y la generación beat” de VV.AA.; “Zuckerman Encadenado” de Philip Roth; “Acantilados de Howth” de David Pérez Vega y luego sí: “Residuos” de Tom Mccarthy. Esto cubre casi un mes por lo que ya veremos en qué acaba todo.

    Venga caballero anímese, hágase un plan, aunque sea pequeñito.

  5. Pues nunca había oido hablar de este autor y la verdad es que leyéndote a ti, a Fresan y alguna cosa que he buscado por ahi, parece una buena recomendación. ¿De verdad tiene, como dice Fresan, destellos de Ballard y Dick?. Me apetece mucho. Gracias a ambos por la recomendación.

  6. Siento tardar tanto en contestar los últimos comentarios.

    Al señor Tongoy: Aunque no tengo un orden, he de confesarle que tengo una pila de libros preparada. David Foster Wallace, Michael Chabon, Macedonio Fernández, Juan Gelman, David Mazzucchelli, Robert Coover, Charles Simic, H.G. Wells, Gordon Lish, Kobo Abe, Allan Moore, José de Almada Negreiros, Edgar Allan Poe, y creo que no me dejo ninguno atrás. Por otra parte, tendré que meterme entre pecho y espalda a algunos filósofos para ayudar a mi amadísima Elisa Calatrava con su doctorado. Creo que Michel Foucault, Jean Baudrillard y Jacques Derrida tendrán que caer antes o después. El problema es que soy muy caprichoso, y no dejo de ir a librerías, y pospongo algunos libros y otros son leídos en cuanto los adquiero. Por ejemplo, cada vez que voy a “Tipos Infames” acabo con dos copas de vino de más y me llevo más libros de los que debería. ¡Esto es un sin vivir! Menos mal que llega el verano. Mis propósitos son los siguientes: sacarme el carné de conducir, leer y escribir. A ver qué tal se me da.

    Al señor Óscar: Siento, vuelvo a decir, haber tardado tanto en asomar la cabeza por aquí. Fresán, que es un señor muy valiente, dice que en Tom McCarthy hay destellos de Ballard y de Dick. ¡Uf! ¿Y yo ahora qué digo? Quizá esos destellos emanen de la obsesión enfermiza que a veces aparece en estos dos pájaros. Quizá en Crash, de Ballard, y… bueno, en cualquier novela de Dick.

    Al señor Albizu: De nada. Es un novelón caído del cielo, estoy de acuerdo. Me alegro de que la disfrute.

  7. Ya me dirá que es eso de Wallace que quiere leer: soy fan, pero aún tengo cosas pendientes. De Macedonio tengo a medio terminar los “papeles de recienvenido”. Es hilarante por momentos pero agotador siempre. También tengo a medias algo de Chabon: las aventuras de Kavalier y Klay. ¿Y que es eso que leerá de Mazzuccheli (imprescindible su Batman: Año Uno, ya se lo adelanto)?

    Pero yo venía a otra cosa.

    Ayer empecé a leer RESIDUOS gracias a su recomendación. Es muy interesante y como primera novela bastante sorprendente pero apenas leí 120 páginas. La comparación con “Sinécdoque New York” parece muy acertada. Vi la película hace un par de años. No sé si me gustó o no pero indiferente ya le digo que no me dejó. Por si le interesa hay otro librito que se da un aire con este: “La Nueva Taxidermia” de Mercedes Cebrian. El libro, que es muy pequeñito, contiene dos relatos que se leen en una sentada (ella los llama “novelas” pero es mentira: son relatos). Se publicó este mismo año por lo que si le apetece podemos empezar a hablar de plagio. En cuanto acabe Residuos voy a volver a leer el de Cebrian para asegurarme. Le voy a dejar el argumento del relato que, cachondeo aparte, es magnífico (el relato):

    “En la primera novela (¿lo ve?), los esfuerzos de la narradora por reconstruir el escenario material, a manera de decorado teatral o cinematográfico, de una fiesta recordada de su juventud, no hacen más que expresar el deseo de retener el pasado, de impedir su definitiva extinción, de rehacer artificialmente unos momentos sentidos ahora como irrenunciables y felices. A este propósito corresponde con exactitud el título general del volumen, ya que la narradora opera como los taxidermistas cuando tratan de conferir a los animales muertos, mediante una oportuna reconstrucción, el mismo aspecto que tenían en vida.” (Fuente: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/28582/La_nueva_taxidermia)

  8. Buenísimas tardes señor Tongoy,

    le habla un hombre libre, un hombre con vacaciones.

    La gente suele comprar novelones grandísimos para llevarse a la playa. Como, desgraciadamente, a mí no me va la novela histórica, acabo de adquirir un ejemplar de “La broma infinita”, del amigo Foster Wallace. Estoy nervioso. Lo veo ahí y me pongo tontorrón. Por cierto, el Chabon que tengo a la espera es el mismo que usted tiene a medias. Y, en cuanto a Mazzucchelli, tengo una obra escrita y dibujada por él, “Asterios Polyp”, tiene una pinta buenísima. El Batman que hizo con Miller lo leí hace tiempo, ¡eso es un Batman y lo demás es tontería!

    Me alegro de que Tom McCarthy sea de su agrado. Hoy acabo de recomendárselo a mi cardiólogo. No sé qué pensará de mí si llega a leerlo. Y me alegro de que me hable de Mercedes Cebrián, tenía ganas de que alguien me dijera cosas bonitas de ella, tenía ganas de que alguien me diera un empujoncito. Solo la conozco como traductora, y ahí me ha hecho muy feliz traduciendo “Un hombre que duerme”, de Georges Perec. A ver si me hago con ella y descubro qué tal se le da juntar palabras por sí misma.

    Un abrazo.

  9. Enhorabuena por esas vacaciones. Aquí un hombre todavía esperándolas. Todo llegará.

    “La broma infinita” nada menos. ¿Qué se siente sabiendo que va uno a leer una de las últimas y más claras obras maestras de la literatura moderna? A mi me llevó dos años. Me pasaba como a usted: lo miraba y tonteaba y me costó ponerme. Me agotó, lo abandoné, y volví un año después con fuerzas renovadas. Exige mucho pero recompensa con creces. Disfrútelo. Es de los pocos libros que sé que tengo que volver a leer.

    Al hablar de Perec me he acordado de que nunca llegué a comentar en el blog mi visita a la exposición que tuvo lugar hace poco en A Coruña.

    Abrazo,

  10. ¿Una exposición de Perec en A Coruña? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿En qué mundo vivo para no haberme enterado de semejante noticia? ¡El mundo es cruel conmigo!

  11. Vaya, pues me temo que llega usted algo tarde. Fue a finales del año pasado. Vila-Matas estuvo por allí (aquí: http://www.luisseoanefund.org/fundacionls/) y escribió sobre ello en El País un texto que luego pegó en su web : http://www.enriquevilamatas.com/textos/textperetc.html

    No quiero ser cabrón pero fue una exposición fantástica. Todo un museo para él (para Perec). Sus películas, sus libros, sus bocetos… todo. Incluso se expuso por vez primera el cuadro que se pintó siguiendo las indicaciones de “El gabinete de un aficionado”.

    Y ahora voy a ser directamente cruel: yo fui a verla a finales de año, en diciembre, poco antes de clausurarla. Era un día de semana pero yo estaba de vacaciones y mi hija quedó con mi mujer. Adivine quien estaba COMPLETAMENTE SOLO en el museo, visitando una sala tras otra a placer, con todo el tiempo del mundo. “Moi”, efectivamente.

    No tengo fotos porque estaba prohibido (bueno, robé unas pocas con el móvil pero me salieron fatal porque aunque el teléfono es bueno yo soy un espía horrible).

    Bueno, ya no le hago sufrir más.

  12. Mi único consuelo es saber que, al menos, usted pudo disfrutar de la exposición. Haré lo posible por no llorar en público. Creo que toda esta noticia me sirve de excusa para prepararme un gin tonic esta tarde, así abro la botella de ginebra que me acabo de traer del supermercado. Me lo tomaré a su salud, y a la de Georges Perec.

  13. Pingback: Un William Gaddis hogareño « Miedo a la literatura

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