Mi “Día del Libro” es para Oscar Wilde

La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde

Hace unos días tuve mi primer sueño metaficcional. Ya iba siendo hora. Soñé, antes de haberlo leído y antes de saber de qué trataba, con La importancia de llamarse Ernesto. Mi sueño fue metaficcional, pero no adivinatorio; por tanto, nada tenía que ver con el verdadero argumento de la obra de teatro. No obstante, soñé con una historia en la que yo participaba como personaje. A continuación, abandoné la historia para presenciarla como espectador. Más adelante, comprendí que aquella historia que estaba presenciando (y de la que en un primer momento, de algún modo, había formado parte) era una representación teatral de La importancia de llamarse Ernesto. Yo era uno de los espectadores, y en un entreacto fui a felicitar a los actores y al director -porque parece ser que los conocía-, a decirles que estaba siendo todo un éxito. Pero el director me dijo que ellos todavía no habían representado tal obra. Entonces, apesadumbrado, me pregunté si quizá no habría visto un ensayo general en lugar del estreno. Hasta que, de repente, comprendí que había estado leyendo la obra de Wilde en el banco de un parque; además, la misma edición que compré tiempo atrás en la librería Zebras (Almería), la que me esperaba para ser leída próximamente. Cuando desperté se lo conté todo a mi amadísima Elisa Calatrava y, por supuesto, el recuerdo de este sueño hizo de La importancia de llamarse Ernesto mi siguiente e inmediata lectura.

Claro, el argumento de la obra difiere mucho del de mi sueño, pese a que no recuerdo con certeza qué estuve soñando. Seguramente, mis argumentos oníricos son torpes y aburridos. Y por eso doy gracias a que los argumentos que enhebra Óscar Wilde rebosen virtudes y alicientes. Se podría decir que cualquier cosa que tenga que contarnos Oscar Wilde es muchísimo más divertida y enriquecedora que aquello que pase por mi cabeza en fase REM.

Me siento tentado a empezar a hablar nuevamente de la figura del doppelgänger. Nunca sospeché que Wilde me diera tantos motivos. No pude evitarlo en el post sobre El retrato de Dorian Gray. Pero creo que en esta ocasión voy a contenerme. Voy a poner a prueba mi fuerza de voluntad. El doppelgänger no lo es todo en la literatura, aunque yo lo crea así secretamente. Aunque en esta obra, por decirlo de algún modo, haya un doppelgänger-elevado-al-cuadrado. Lo nunca visto. Me morderé la lengua. En todo caso, hablaré de un espectacular juego de espejos como quien mastica chicles con nicotina.

Sí, puedo decir juego-de-espejos y quitarme así un poco el mono. Puedo silabearlo pausadamente hasta sentirme más calmado. De ahí es fácil pasar a otra idea, la de enredo, por ejemplo, enredo entendido como confusión ante posibles representaciones de una misma realidad. Puedo decir, ahora, comedia-de-enredo, puedo acercarlo un poco más si cabe a Shakespeare (con un barniz victoriano en lugar de isabelino, por supesto); de este modo, el deseo de hablar del doppelgänger parece que se aleja tímidamente. Porque se supone que el doppelgänger siempre da miedo y, en este caso, me ha hecho reír a carcajadas. Entonces -ya es inevitable confesar esto- creo que Oscar Wilde me acaba de brindar el primer doppelgänger humorístico que he leído en mi vida. Ya lo he dicho. Sí, ya lo he dicho.

De hecho, La importancia de llamarse Ernesto me hace pensar en Woody Allen, y cuando pienso en Woody Allen pienso en Shakespeare. No sé en qué orden debería estructurar estos pensamientos. Vamos a ver, hasta ahora estaba seguro de que Woody Allen había tomado las comedias de Shakespeare como un “Manual de instrucciones para armar comedias”. Obviamente, Oscar Wilde habría tenido cerca este mismo manual. Pero yo jamás había llegado a imaginar que Woody Allen, además, se había comprado un apéndice del manual shakespeariano llamado La importancia de llamarse Ernesto y lo había colocado sobre su mesa de trabajo. O, dicho de otro modo, el tono paródico, irónico, fingidamente afectado y, en ocasiones, pretendidamente sofisticado de Oscar Wilde también aparece en el cine de Woody Allen. La estructura de uno, el tono de otro y, luego, mucho psicoanálisis, mucho judaísmo y muchas otras cosas graciosas.

Por cierto, ya que esta obra trata, entre otras cosas, de coincidencias. Me acabo de acordar de que antes de haberla leído, e incluso antes del sueño, leí una entrevista a Enrique Bunbury en un periódico gratuito que encontré en un asiento de un tren de Cercanías. Allí se comentaba, además de lo concerniente a su último disco o a lo que fuera, que el seudónimo de “Bunbury” provenía de una obra de Oscar Wilde. Hoy sé, por fin, que se referían a La importancia de llamarse Ernesto.

A estas alturas, no sé cuántas veces he repetido el título de la obra. Cuando se menciona repetidas veces este título, siempre hay alguien que apostilla que en su versión original forma un juego de palabras que inevitablemente se pierde en la traducción española. Por suerte, nadie va a levantar la mano para añadir este curioso dato, que bien podría ser una de esas preguntas del Trivial Pursuit con las que, si sabemos contestar, siempre quedamos bien delante de los demás. Solo mi amadísima Elisa Calatrava podría haber levantado la mano mientras escribo en el sofá, pero ella, en una exultante muestra de habilidades, está horneando unos muslitos de pollo con salsa de mostaza mientras lee teoría de la literatura para su doctorado. Cuando yo sea capaz de hacer cualquiera de estas dos cosas que ella lleva a cabo al mismo tiempo, me empezaré a considerar mejor persona. Como mucho, podría cocinar algo con la Thermomix mientras balbuceo alguna idea acerca de que en La importancia de llamarse Ernesto aparecen, en cierto sentido, la metaficción y la autoficción. Ya que nos cuenta una historia de dos personajes que cuentan historias a los demás inventándose con ellas a sí mismos. Aunque lo mejor será no intentar emular a Elisa, porque en la comparación voy a salir perdiendo. De eso, no tengan duda.

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6 pensamientos en “Mi “Día del Libro” es para Oscar Wilde

  1. Lo haré, caballero. Mi intención es seguir leyendo a Wilde con el tiempo. Muchas gracias por la sugerencia. Un saludo.

  2. Coincido: Todo en literatura es sobre el doppelgänger.

    Discrepo: ¿W. Allen y shakespeare? Tal vez Yekspir.

    Insisto: Estoy casi convencido de que Elisa Calatrava pertenece a tu imaginario y todavía no lo sabes. Como en las novelas, al final del día te darás cuenta de que estás sólo en tu habitación….y ya será demasiado tarde.

  3. Por favor, caballero, no sea cruel conmigo. No me diga eso de que Elisa solo está en mi cabeza. Por cierto, son las dos y media y Elisa ya tendría que haber regresado del trabajo. Si no llega pronto voy a empezar a creer que usted lleva razón y que ella nunca ha existido.
    Pensándolo detenidamente, a eso le encuentro una ventaja (una sola). Si ella no existe, cada vez que hemos cogido el coche he tenido que ser yo el conductor. ¡Eso significaría que por fin he conseguido sacarme el puñetero permiso de conducir y que no me había dado cuenta hasta ahora!

  4. Es bueno recordar que “The importance of being earnest” a sido traducida caprichosamente como “La importancia de llamarse Ernesto” la que debería ser: “La importancia de ser formal”. Pero la astucia de Oscar Wilde jugó con las palabras: “Ernest”, nombre de un disipado personaje; la palabra:”Earnest” que significa serio, formal; y el mismo tema de la obra, desde esa dicotomía de la conducta humana.
    Saludos

  5. Muy bien, caballero. Usted ha sabido contestar a la pregunta de Trivial Pursuit. Muchas gracias!

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