Turismo emocional en Auschwitz con Art Spiegelman

Maus, de Art Spiegelman

A veces un libro contesta al anterior dentro de una historia de la lectura. Leyendo Ruido de fondo hablábamos del miedo a la muerte y de la consecuente hipocondría que uno podría sufrir al no saber cuál es el mejor modo de conservar la vida. El marco era la sociedad del bienestar. Uno podía sentirse identificado con el planteamiento de la novela. Hablé de todo esto en el post anterior y no se me ocurrió pensar en la otra cara de la moneda. Maus es esa otra cara.

¿Habrá leído Art Spiegleman Ruido de fondo? Si uno tiene que enfrentarse a escribir Maus supongo que puede reírse tranquilamente de Don Delillo, al fin y al cabo Delillo dijo que Ruido de fondo era una comedia.

A estas alturas de la revisión ética y estética del holocausto nazi resulta cada vez más difícil sentirse impresionado ante la recreación y la descripción de las atrocidades. El holocausto es un mantra que repetimos sin cesar en cuanto desarrollamos el sentido de la empatía. A lo sumo, el holocausto es como un cuadro de Malévich: nos demuestra el desarrollo extremo y último de una posibilidad; Cuadrado negro sobre fondo blanco, más allá de ese punto no hay nada, hay que volver hacia atrás y seguir por otro camino. Yo tuve una novia húngara judía. Una mañana estábamos desayunando y empezó a sentirse muy mal. Me dijo que a veces sentía eso que llaman el inconsciente colectivo. Supongo que ese tipo de cosas se pueden decir si eres judío y de repente te da un fuerte sentimiento de pertenencia. Pero hoy día el holocausto forma parte del imaginario público, cualquiera puede hacer uso de ese inconsciente si tiene un poco de fibra sensible y de sentido común, porque el holocausto se ha convertido en una estructura reconocible, lleno de sinécdoques y metonimias que nos permiten distinguirlo con tan solo ver su silueta esbozada en cualquier parte.

Afortunadamente, Maus no trata sobre el holocausto.

Quizá alguno de ustedes ya sepa que soy un cursi. Pretendo ocultarlo continuamente, pero se me nota demasiado. Por ejemplo, soy un fan secreto de Roberto Benigni y he de reconocer públicamente cuánto disfruté de La vida es bella.  De esta peli me interesa una cosa: la sobreescritura de Auschwitz a través de un discurso de la ternura; es como si lo único que pudiera salvarnos del holocausto es parchearlo con una suerte de comedia familiar a modo de recurso subversivo.

Art Spiegelman hace algo parecido en su autobiográfica Maus. Podríamos decir que la relación padre-hijo -en ambos casos- deconstruye la esctructura del holocausto hasta convertirlo en un material dúctil y reconfigurable. Es decir, en Maus, por fin, estamos hablando de otra cosa, y eso consigue estremecernos aún más que el lote de atrocidades que ya hemos asumido. Estamos de enhorabuena, señoras y señores, el holocausto nazi todavía puede emocionarnos.

Decía que Maus podría ser la otra cara de la moneda de Ruido de fondo. Si el protagonista de Maus ha conocido el extremo de un cuadro de Kasimir Malévich, el protagonista de Ruido de fondo se ha quedado instalado en un cuadro de Edward Hopper. Está claro que las razones por las que Vladek Spiegelman y Jack Gladney desarrollan sus respectivas obsesiones por la supervivencia son antagónicas. Por eso me pregunto, ¿podríamos culpar a alguno de los dos por sus comportamientos para sentirse vivos? Art Spiegelman nos presenta a un padre que, si nos dejamos llevar, puede llegar a resultarnos odioso e insoportable. En cambio, si no nos permitimos el lujo de dejamos llevar, vamos a sentir compasión y, por tanto, no vamos a enjuiciar sus descabelladas acciones. Vladek ya es una víctima, ¿y Jack Gladney?

Vladek Spiegelman es un personaje fascinante, vive su supervivencia como enfermedad crónica, como dolencia capaz de alienar cualquier relación humana. La supervivencia en estado radical. Todos los que están alrededor de un verdadero superviviente, comenzando por el propio Art Spiegelman, quedan mermados por su radiación. Parece como si se sobreviviera en contra de los demás. Por eso, Art Spiegelman hace un ejercicio de empatía mucho más avanzado que el de cualquier ciudadano civilizado que sienta lástima por el sufrimiento de los judíos. A la vez, nos invita a unirnos a su proyecto de comprensión, nos abre una puerta de formas extrañas. Al terminar Maus, me he sentido como si ahora me tocara a mí decir algo al respecto. Pero todavía no sé qué decir, y no creo que sea capaz de emitir un verdadero juicio. Este post ya es más que suficiente.

Siguiendo esta línea, no me cansaría de buscar comparaciones entre estas dos obras de Art Spiegelman y Don Delillo. Ojalá mis lecturas siempre dialogaran entre sí, como parece que sucede en este caso. Así yo podría cerrar el pico y escuchar lo que se dicen unas a otras.

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