Yo, de mayor, quiero ser como Sergio Chejfec

 

Baroni: un viaje, de Sergio Chejfec

Hace varios años, yo estudiaba en Barcelona un máster en Diseño de proyectos expositivos. Mis aspiraciones en la vida eran, por aquel entonces, convertirme en comisario de arte o, con cara dura y mucha suerte, en artista conceptual. Todas las semanas frecuentaba el Macba y el CCCB, y me iba construyendo una idea del arte contemporáneo y de lo que un tipo como yo podría llegar a hacer sin saber pintar, ni esculpir, ni hacer vídeos, ni performances. Un tipo, que, como mucho, sabía juntar palabras y que se preguntaba cómo podría aprovechar esa única destreza para crear objetos artísticos que trascendieran lo estrictamente literario. Esta pretensión me duró solo cuatro meses. Abandoné mis estudios de posgrado y me dediqué, por diversas razones, exclusivamente a sobrevivir, dedicándome a la publicidad, lo único que sabía hacer en ese momento y que me reportaba un sueldo.

Me acordé de todo esto ya en las primeras páginas de Baroni: un viaje, porque enseguida vi en Sergio Chejfec una fórmula posible para lo que yo había estado buscando durante un breve lapso de tiempo. ¿Dónde está Sergio Chejfec cuando se le necesita? Creo que tiene del orden de diez novelas publicadas y ha pasado desapercibido para mí hasta ahora. Señor Chejfec, por lo que leo en sus entrevistas, usted no tiene grandes pretensiones de convertirse en un best-seller; pero haga más ruido, por favor, porque algunos lectores necesitamos más aspavientos para reaccionar. Por la parte que me toca, voy a hacer todo tipo de cucamonas en este post para que otros lectores queden persuadidos de que usted me ha mostrado una nueva forma de escribir.

¿Y cómo explico yo ahora esto? Quizá el mejor modo sea desdecirme, o al menos contradecirme. Hace más de un año escrbí un post sobre Ricardo Piglia, después de leer Respiración artificial y quedar francamente insatisfecho. Se me ocurrió decir:

Pero en Piglia sus novelas pueden estar movidas por cosas como una defensa del estilo de Roberto Arlt, y lo que más daño hace a su novela es que eso ni siquiera es ficción, sino teoría literaria. Si hay algo parecido a una novela sin personajes, es una novela donde las ideas pretendan funcionar como tales.

Se me ocurrió decir esto y quiero seguir pensándolo, pero ahora leo a Sergio Chejfec y empiezo a creer que el pensamiento o, siendo más preciso, la articulación del pensamiento puede convertirse no solo en personaje, sino en protagonista de una novela. Lo que podría ser una crónica, o una biografía, o incluso el catálogo improvisado de una exposición abandona toda aura de verosimilitud para transformarse en auténtica ficción. Da igual que Rafaela Baroni exista y que Sergio Chejfec realizara todo este viaje. El modo en el que el discurso se enfrenta a los hechos es de naturaleza ficcional, es otra cosa muy distinta a los hechos en sí mismos, es ese personaje del que hablo y que se relaciona con lo que ocurre de un modo autónomo e independiente.

Supongo que mi explicación es farragosa e imprecisa. Una de las razones por las que no suelo teorizar mucho sobre lo que leo es porque sé perfectamente que no soy capaz de construir teorías que se sostengan solitas durante mucho tiempo. Uno es más de impresiones momentáneas y de decir lo primero que se le venga a la cabeza y quedarse en la gloria. Bien, entonces soltemos alguna que otra impresión a bote pronto: El malogrado, de Thomas Bernhard. Inevitablemente pensé en Bernhard y en cómo él construye su novela alrededor de Glenn Gould, o alrededor de la presencia de Glenn Gould. Pero la obra de Bernhard queda mucho más limitada que la de Chejfec en los siguientes términos: Bernhard no puede acercarse tanto a Glenn Gould como Chejfec a Rafaela Baroni porque la historia de El malogrado no ha ocurrido; por otro lado, el protagonista de Bernhard es un personaje con su discurso, pero Chejfec va más lejos, su protagonista es un discurso enmarcado dentro de un personaje. De algún modo, me da la sensación de que Sergio Chejfec consigue invertir los términos y cambia sensiblemente las características de la narración.

Mientras escribo esto, tengo la tele puesta y se suceden programas del tipo ¿Quién vive ahí? y Mujeres ricas. Hago este comentario para quitarle hierro a todos mis planteamientos literarios y relajar un poco este punto muerto que no sé explicar. El otro día leí un post del propio Chejfec, casualmente justo antes de comenzar a leer Baroni: un viaje, que ahora puede resultar tremendamente revelador y preciso para entender algo de lo que quería decir al respecto de su escritura. Ahora él viene a salvarme y a poner las cosas en su sitio. Por cierto, una de las razones por las que me decidí a leerlo es por el modo que tiene de hablar de su propia literatura. Sabe hablar de lo que quiere hacer y luego sabe hacerlo. ¿Qué más le podemos pedir a este señor con gafas de pasta?

Aquí copio su post, creo que lo cito debidamente:

Creo que esta lectura precisa una explicación previa, porque se combinan dos temas a primera vista alejados.Por un lado el “yo” en la escritura, la escritura del “yo” o como se la llame en esta época, y por otro lado la importancia del registro documental en la literatura –desde mi punto de vista. Cuando hablo de literatura documental me refiero a una disposición de tipo espiritual, una actitud empática del narrador, o de la narración en general, hacia los objetos físicos, situaciones empíricas o documentos flagrantes en general que se van encontrando en los relatos. No me refiero a recuentos tipo clasificatorio ni a la retórica de las enumeraciones, tampoco a los usos ambientales de los detalles concretos, sino más bien a lo opuesto. Según mi punto de vista, la mirada documental restituye algo del artilugio que no debe perder la ficción, aunque casi siempre pierde por la fuerza de las convenciones en las que en general se apoya, en constante agotamiento progresivo.

La mirada documental puede ser tan arbitraria o esquemática como cualquier otra, porque en definitiva es una composición; y si bien subraya la materialidad física o histórica de los objetos que utiliza, como si se tratara de paisajes, pruebas o artefactos fabricados con el objeto de representarse a sí mismos y a otras cosas, repone, gracias a su falta de confianza en la ilusión ficcional, o a su extrema confianza en la prueba documental, repone, me gustaría insistir, una manera de fábula, un carácter de emblema de otro modo acaso perdido o inhallable, como si los documentos se trataran de fantasías materiales o materialistas, gracias a las cuales los objetos dentro de la literatura ganan una presencia adicional. Esta presencia adicional no es una duplicación o un reflejo, ya que esto es propio de esos mecanismos de ilusión ficcional sensiblemente agotados; más bien si pudieran ser descriptos por asociación habría que pensar en ecos o reverberaciones, disfraces transitorios, formas abstrusas de lo directo.

Lo particular de estas operaciones, desde mi punto de vista, es que colocan la mirada del narrador en un permanente punto subjetivo no redundante, en el sentido de que la misma subjetividad es una condición para desplegar esas miradas y registros que se revelan mejor como puntos de observación, como “testigos” de la representación documental que ejecutan. Es como si los relatos de documentalidad concernieran a la primera persona de un modo muy particular, precisamente por la consistencia a la que se somete su labor objetiva. Y, de ahí, a proponer una asociación entre escrituras medio subjetivizadas y documentacionales, hay un breve paso, porque el registro de lo documental parece ser la única opción literaria posible para que las experiencias asociadas a la “primera persona” mantengan una presencia no amenazada por la irrelevancia.

Chejfec, Sergio (201o, 14 de octubre). Introducción. Parábola anterior. Recuperado el 6 de noviembre de 2010, de http://parabolaanterior.wordpress.com/2010/10/14/introduccion/

En definitiva, lo único que quiero es que a todos ustedes les pique la curiosidad y le metan mano a Sergio Chejfec cuanto antes. Yo sigo tan boquiabierto que estoy pensando seriamente en convertirme en un hombre-anuncio e ir por las calles de Segovia predicando su escritura con una campana en una mano y su libro en la otra.

 

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3 pensamientos en “Yo, de mayor, quiero ser como Sergio Chejfec

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