Truman Capote y la literatura que pretende parecerse a la verdad

A sangre fría, de Truman Capote

Imaginen que la primera semana de clase cojo a los alumnos de un hipotético curso y les pido que escriban una redacción acerca de cómo les ha ido el verano. Al día siguiente, los alumnos traen su trabajo y pido voluntarios para leer. Uno de ellos me cuenta que ha estado en la playa con su familia, que allí ha hecho nuevos amigos y uno de ellos era británico, que un día se dio un atracón de gambas que lo llevó a urgencias pero que no fue nada más que un susto, que otro día fueron a un mercadillo y se compró el colgante que ahora lleva puesto, y que en el viaje de regreso su hermano le quitó la Play Station Portable y por eso todavía no se ha pasado la última pantalla del videojuego que se había comprado para estas vacaciones.

Ahora imaginen que otro me cuenta el mismo verano. Pero en este caso me explica cómo son sus padres y cómo es su hermano y me habla de la relación que tiene con cada uno de ellos; cuando puedo ver claramente a su familia, me habla de cómo decidieron ir este año de vacaciones a una playa y no a otra, me cuenta qué equipaje han decidido hacer y por qué; una vez montados en el coche se detiene en la anécdota que ocasionó la compra de este modelo y no de otro que en principio parecía más fiable y económico; me contextualiza detalladamente el lugar de vacaciones que han elegido y comenta la larga tradición de veraneo que tiene este sitio; me describe el hotel en el que se hospedan y me habla de sus propietarios, de los recepcionistas y de la señora de la limpieza; a continuación, se detiene en el día que conoce a sus nuevos amigos y en las implicaciones sociales que tienen estas nuevas amistades, especialmente en el caso de un chico británico con el que pondrá en práctica un inglés aprendido en el instituto y en una academia de idiomas que…

Cuando me va a contar todo el pasaje sobre el atracón de gambas y el susto de sus padres lo detengo. Le digo que es un pesado, que me parece muy bien su análisis de las situaciones pero que es un auténtico pesado. Es decir, le digo que es como Truman Capote, y que por ahí no paso. El mismo argumento le hubiera servido, por ejemplo, a Robbe-Grillet para extenderse aun más si cabe, pero Robbe-Grillet es divertido e hipnótico. Y Truman Capote no, por favor. En el momento en el que el lenguaje se limita a ser un medio el texto deja de ser literario. El lenguaje es el tema central de la literatura, todo lo demás importa menos.

Así es A sangre fría, una redacción de colegio estirada hasta el máximo de las fuerzas de Truman Capote, una representación de la realidad llevada a cabo por un periodista, una larga tarde en una hemeroteca. Esto me recuerda que cuando yo estudiaba en la Facultad de CC. de la Comunicación veía anunciado, de vez en cuando, algún que otro seminario o conferencia sobre Periodismo y Literatura y que a mí me entraban ganas de irrumpir en el aula magna señalando al ponente y soltar la famosa y recurrente risotada de Nelson, el personaje de The Simpsons, ¿saben a qué me refiero?

Lo más curioso de todo esto es que la pulsión que me llevó hasta esta novela fue Foster Wallace. La idea del maximalismo de sobreexplotar la realidad me indujo a pensar que quizá Truman Capote también podría haber insistido en la realidad de un modo interesante años atrás. Pero no. Uno se imagina cosas y luego se pega de bruces con lo que hay, y los escritores no siempre son lo que a uno le gustaría que fueran. ¿Podrían hacernos escritores a medida? A mí me gustaría un Truman Capote más enrollado, con un poquito de sentido del humor y que no parezca que se toma tan en serio la historia que nos está contando, porque las historias que nos contamos unos a otros, como las del periodismo, siempre son ficción. Y bien, una vez aclarada esta premisa ya solo nos queda el consejo de Michi Panero: “En esta vida se puede ser de todo menos un coñazo”.

 

 

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11 pensamientos en “Truman Capote y la literatura que pretende parecerse a la verdad

  1. No estoy de acuerdo contigo, Daniel. Cuando leo tus críticas me pasa como cuando leo a Pla: me encanta, pero nunca coincido con sus opiniones. A “A sangre fría” no le pondría yo ni un pero. Su libro me pareció perfecto, interesante, entretenido, emocionante, tierno y duro a la vez. No creo que pudiera escribir su libro de manera más enrollada. Para eso creo que escribió Música para Camaleones. Ahí sí se cachondea de la gente.
    Un saludo.

  2. Te recomiendo que te leas el prólogo de Plegarias atendidas. Ahí él mismo explica con su sangrante ironía (sí, la tenía) cómo Capote entendió que el adjetivo florido, la métrica en la prosa y la densidad sólo engordan el ego del escritor. Cómo se desentendió de todo eso, cómo fue desbrozando matojos, y cómo logró relatos puros (Mojave) en el que la lengua (que no el lenguaje, que es una capacidad) es un medio para evocar cosas más interesantes, no un ejercicio de onanismo vacío.
    A sangre fría fue un experimento, un cuaderno de viaje frío e implacable, una novela realissta, más bien una realidad novelada, de una persona que se reinventaba en cada obra.

  3. Querido Hermi,

    me encanta que discrepemos. Al fin y al cabo, este blog sirve para pelearme a ratos con la gente, jeje.

    Un saludo.

  4. Hola Chema,

    ¿qué problemas tiene usted con el ego del escritor? Supongo que toda persona en su trabajo puede alimentar su ego si hace las cosas bien. La técnica de Capote es intachable, perfecta para lo que busca, otra cosa es que a mí eso me interese.
    En cuanto al lenguaje, sí, me refería a la capacidad del lenguaje, entendiendo la literatura como aquello que somos capaces de hacer con palabras. Por lo tanto, no hablaba de la lengua.

    Un saludo.

  5. Hola Daniel, a mí también me encanta que discrepemos 🙂
    No tengo ningún problema con el ego, es más lo cultivo con demasiada asiduidad. Lo que me parece arriesgado es que un autor tenga más protagonismo que su obra, eso puede acabar en una operación de marketing que ya nos ha dado fraudes como Dalí y Hemingway. El lenguaje (ruego que me disculpes, releo y sí que lo usaste bien) como fin es una señal luminosa al lector para gritarle de manera patética: EH!! estoy aquí!! mira lo que hago!!. La obra y todos los esfuerzos que han llevado a su conclusión quedan relegados a una mera anécdota.
    La capacidad de hacer desaparecer formalmente el “estilo” y aún así trascender con lo que se cuenta está reservado a los grandes. (Ojo, que a Truman no le considero “grande” a veces es una loca venenosa llena de rencor, pero cuando brilla es precisamente cuando se olvida de él.

    Un abrazo

  6. La última intervención de Chema me ha recordado un párrafo de los diarios de Uriarte que he leído esta mañana –este libro sirve para todo-. En él cuenta que todo escritor –según el semiólogo Barthes- lleva incorporado un operador secreto que dice en primer lugar “¡que se sepa esto!”. Él, Uriarte, añade que todo posible lector lleva incorporado el operador secreto de “¡y a mí qué!”.
    Resume más o menos diciendo que la calidad de un escritor se mide por la cantidad de “¡que se sepa esto!” consiga imponer sobre los “¡y a mí qué!”.

  7. Querido Chema,

    yo también prefiero que que la obra se anteponga al autor, de eso no me queda duda. Aunque hemos de reconocer que en algunas ocasiones el autor hace de sí mismo su propia obra, y en ese ámbito también ocurren cosas interesantes. No sé si este es el caso de los dos artistas que usted cita, pero… joder, ¿Dalí un fraude? Este señor tiene una larga lista de cosas reprochables pero ¿usted considera su obra pictórica un fraude? Yo no, por supuesto. Hemingway, en cambio, me la trae floja. Así que con él si me gusta meterme, jeje.
    En cuanto a lo de la capacidad de hacer desaparecer el estilo, le doy la razón en que es un logro deslumbrante. Capote seguramente lo consiguió, pero yo me decanto por otros que creo lo hicieron mucho mejor. Por ejemplo: Carver o Bolaño.

    Y Hermi, su comentario me ha provocado una gran risotada. Me parece muy divertido ver la relación lector/escritor así, jejejejeje. Aunque en ese caso el lector es poco honesto, ¿no? Nunca se dice un “¡y a mí qué” de verdad, porque uno siempre sigue leyendo, uno siempre está buscando que le cuenten las historias que necesita contarse a sí mismo.

    ¡Todavía no tengo Internet en mi nueva casa! Tengo que venir a un locutorio y casi siempre está cerrado. Al menos, en esta época tengo más tiempo para leer. (¿Por qué diantres estaré contando esto en un comentario?)

    Un saludo a los dos.

  8. Creo que era Wittgenstein, Schopenhauer o su hermano el que decía que la no-elección era también una elección. En ese sentido, el no-estilo es también un estilo. Lo que usted ha dicho de Carver y Bolaño es, cuanto menos, defectivo, y probablemente demagógico dentro de ciertos ámbitos agropecuarios.

  9. Creo que era Habermas, o el tío que le pone el café en la facultad, quien dijo que el no-estilo mola, pero que Capote es un peñazo. En cuanto a mi demagogia, creo que está ampliamente demostrada a lo largo de este blog, así que comparto su opinión.

    Un saludo.

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