David Foster Wallace y mis amigos de Almería

La niña del pelo raro, de David Foster Wallace

En una era postapocalíptica, paso mis días jugando a diversos juegos  de mesa. Juego con mis amigos de Almería, porque es allí y es con ellos donde puede darse una era postapocalíptica con todas sus consecuencias y, por tanto, todas sus ventajas. En un orden de cosas paralelo, en el mismo marco, pero siempre antes o después de dedicar mi tiempo a los juegos de mesa, leo a David Foster Wallace con la intención  de que La niña del pelo raro inaugure y clausure esta era postapocalíptica en donde uno puede ser feliz incluso en Almería si tiene amigos y el Apocalipsis ya ha tenido lugar.

Primero me dedico a construir granjas sobre un tablero y a adquirir todas las fichas posibles que simbolizan ovejas, vacas y -para mi sorpresa- jabalíes. Jugamos a Agricultura o a Los agricultores o a alguna variante similar que sirve de título y tema del juego, por cierto, perfecto para el inicio de una era postapocalíptica. Jugamos partidas de dos a cuatro horas a este juego de mesa y a otros y he de asimilar sobre la marcha distintos reglamentos con los que poder interactuar con Elisa, Candela, David, Reyes, Pablo , Jafet (y una María in absentia que de momento solo funciona como hipótesis) en distintos órdenes de turno, en distintas agrupaciones según la concurrencia de cada partida, lo que propicia distintos estadios microsociales de amor al prójimo y tontuna oscilante. Esto mismo es David Foster Wallace en La niña del pelo raro, un compendio de juegos de mesa donde el mismo Foster Wallace elige un reglamento y demuestra que bajo esas normas no hay quien le gane. ¿La niña del pelo raro es como querer ser el mejor en todo? ¿Trata David Foster Wallace de ganarle la partida a alguien en cada propuesta cuentística? En los juegos de mesa tenemos a su homónimo y quizá esto nos desvele algo sobre La niña del pelo raro. Por eso, a partir de este momento, nos referiremos al David norteamericano y virtuoso escritor como DFW y al David almeriense (perdón) y virtuoso jugador  de juegos de mesa como DPF.

DPF suele explicarme el reglamento de cada juego: Alta tensión, Arkham,  Aventureros en  el tren, ¡Bang! (les aviso de que quizá no haya citado con exactitud todos los títulos). Yo he de amoldarme a cada uno de ellos, cambian las normas, cambia el tono, cambia el propósito. Pero DPF sigue explicando, jugando y ganando, del mismo modo que lo hace DFW en cada uno de los relatos de La niña del pelo raro. El libro y los juegos de mesa se convierten en dos seminarios solapados en donde tanto DFW como DPF han ido desarrollando sus múltiples y variadas habilidades para que yo aprenda algo en en ambos terrenos. En un post anterior sobre DFW ya hablé  de su pelo largo y lo comparé con el de un amigo mío, algo importantísimo desde mi enfoque. En este caso, por si esto me hubiera parecido insuficiente, descubro que tengo a mi propio DFW con una ligera variante en las iniciales y que, además, es amigo mío. Mi propio DPF (¿puedo tomarme la licencia de usar esta expresión?) me hace incluso más feliz que el  DFW de todo el mundo, lo cual ya es un grado  de felicidad avanzado para todo lector exigente.

La niña del pelo raro es un libro que, además de ostentar múltiples registros y la evidencia de estar construido a partir de argumentos que contados en pocas palabras parecen impracticables, acaba con un juego-de-mesa-para-pasar-toda-la-tarde-y-parte-de-la-noche-y-acabar-hablando-de-cualquier-cosa. Me refiero al relato/novela Hacia el Oeste, el avance del imperio continúa, del que tuve noticia por primera vez en un post del joven, elegante y erudito Ibrahim Berlin (elegante en todo, menos quizá en su seudónimo), donde hablaba de su relación con otro cuento de John Barth. Yo que también soy joven y elegante, pero no tan erudito, solo podría relacionarlo con la última partida que echamos mis amigos de Almería y yo en esta era postapocalíptica. Cuando uno ya sabe jugar a un juego no dedica su atención a ese juego mientras juega, sino a lo que ocurre mientras se juega. ¿Es a esto a lo que llaman metaliteratura? Nosotros le llamamos “estadios microsociales de amor al prójimo y tontuna oscilante” (yo mismo dixit un poco más arriba) o “pasarlo bien con lo que estamos haciendo” (versión reducida y considerablemente más amena de la misma expresión). De esto podemos inferir una cosa: en el último relato, DFW acaba pasándoselo bomba haciendo lo que le gusta, comentándose a sí mismo cada jugada y haciéndole jugarretas a John Barth como si este fuese uno de sus propios amigos almerienses.

Les aseguro que cada partida jugada por DPF -y por el resto de los jugadores que ya he mencionado- fue gloriosa en esto que hemos quedado en llamar metaliteratura de los juegos de mesa. De hecho, puedo presumir (de) algo más, en el momento en que aceptamos la literatura y los tableros como distintas fórmulas para un proyecto narrativo se impone una sinergia deslumbrante, mediante la que DFW y DPF podrían compartir más de un truco.

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11 pensamientos en “David Foster Wallace y mis amigos de Almería

  1. Gracias por la mención, Daniel. “Hacia el oeste” es, probablemente, la mejor pieza de narrativa de David.

    Un placer,

  2. De nada caballero,

    su blog siempre es una referencia para encontrar puntos de apertura hacia nuevas lecturas. Le confieso que yo no sabría, a día de hoy, decidirme por una pieza de Foster Wallace.

    Un placer verlo por aquí. Un saludo.

  3. De la serie El Prisonero en tv—El Prisionero en youtube—-cap.5 q falta en youtube—-comentario de cap 5 en blog el lamento de portnoy—–blog miedo a la literatura—-libro de DFW en mis manos para ponerme a leerlo.
    Ese fue el camino que me llevó a esto ¿estúpido camino? Me causa gracia mirar para atrás y ver cómo llegué a un blog q disfruto.

  4. Gracias ese tipo de serendipias en Internet uno va configurando buena parte de sus referencias. Al menos así es en mi caso. Me siento muy feliz de que sus hallazgos hayan desembocado en este blog. Disfrute y sea bienvenido. Un saludo.

  5. Hola,

    de momento estoy varado en mi pueblo, encerrado en mi casa y durmiendo mucho. ¡Ay, cuándo podré volver a ese infierno florido llamado Almería! ¿Hasta cuándo estáis viviendo la humedad, el olor y la suciedad de las calles almerieneses?

  6. Estoy de acuerdo en que Wallace es grandioso, pero la literatura está llena de escritores grandiosos, así que es difícil decir que ninguno de ellos sea un milagro, ni si quiera DFW ¿no cree usted? Así uno se siente más tranquilo y respira mejor.

  7. Pingback: Examen de conciencia: razones por las que he acabado leyendo a Murakami « Miedo a la literatura

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