Una aproximación fallida a Steven Millhauser

 

Risas peligrosas, de Steven Millhauser

 

Llevo días intentando inscribirme en la convocatoria para las oposiciones de enseñanza secundaria de varias comunidades autónomas. Días alrededor de anexos y fotocopias de toda mi documentación legal. ¿Qué lecturas podrían salvarme de este suplicio administrativo? Elegir mal una lectura en estos momentos es una de las mayores catástrofes para un ánimo frágil. Debería haber sido conservador. Pero me encontré con una nueva e inesperada referencia de Steven Millhauser que me hizo continuar mi proyecto de aproximación a este escritor estadounidense.

Hasta hace un tiempo, Steven Millhauser era solamente una imagen del escritor que yo quería leer. Tenía el nombre perfecto para ser ese escritor que yo había estado buscando para decir a mis amigos : “Este lo he descubierto yo, a este no lo conocíais ninguno y es imprescindible”. Encontré un artículo en Internet que enlazo aquí y comencé a construir la imagen de Steven Millhauser. Quizá la cara B de Thomas Pynchon. ¿Quién sabe? A lo mejor había encontrado un eslabón perdido (dentro de mis lecturas y de las lecturas de los que me rodean). Creo que no comenté su nombre hasta que me encontré por primera vez con un libro suyo.

Este secretismo de película de espías se debía a que estaba urdiendo mi contraataque para igualarme a Cristof Polo y a Lucas Martín, cansado de que se jactaran de ir abriéndome el camino con los últimos descubrimientos. Por ejemplo, en una ocasión, Cristof Polo, en una conversación de chat, me habló de un poeta que había recién descubierto y que era “buenísimo”, y en lugar de decirme de quién se trataba me puso una equis por cada letra de su nombre y de su apellido, para que lo demás me lo buscara yo solito. Así de crueles somos. Yo sólo recuerdo haber aportado dos descubrimientos estelares: Yi-Sang y Bei-Dao. Mis dos greatest hits de la Historia personal de la lectura (compartida con amigos).

Volviendo a Steven Millhauser, el libro que cayó en mis manos fue August Eschenburg. Una nouvelle publicada por Interzona que encontré por casualidad en la Librería Fuentetaja. Extrañamente, no tenían el libro registrado en catálogo. Llegó a mí como una aparición. Me encontré con una suerte de E.T.A. Hoffmann del siglo XX. Fue una lectura fascinante, y me ayudó a esbozar la imagen inventada de Steven Millhauser.

Hace ya muchos días volví a encontrarme con Millhauser. Acaban de publicar su último libro de relatos, Risas peligrosas. Al poco tiempo se abrió la primera convocatoria para oposiciones en la que habría de inscribirme. Los efectos de la catástrofe llegan hasta hoy.

Risas peligrosas contiene casi todo aquello que ya hemos visto hacer, todo aquello que nos suena a algo y que está bien, nos gusta, pero ya sabemos de qué va. Si en un primer momento Millhauser me recordó a Hoffmann, en Risas peligrosas he pensado en mucha otra gente: Buzzati, Lem y Borges, por ejemplo (en Borges uno piensa casi siempre, así que Borges no cuenta). He querido que se acaben casi todos los relatos porque ya había visto ese capítulo cuando lo estrenaron en la tele hace tiempo, por explicarlo de alguna forma.

No puedo decir mucho más. No me queda ánimo y todavía tengo que repasar si tengo reunida toda mi documentación. Creo que mi tragedia ha de tomarse en serio. Solo quería advertirles de que si ustedes no leen Risas peligrosas no se estarán perdiendo casi nada nuevo. Aunque hago hincapié en mi casi, porque al fin y al cabo se trata de Millhauser y tiene sus momentos brillantes. Por muy grande que haya sido mi catástrofe, todavía no voy a desechar completamente la imagen inventada de Steven Millhauser que hay en mi cabeza.

 

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11 pensamientos en “Una aproximación fallida a Steven Millhauser

  1. He entrado aquí porque un mosquito se ha posado en la pantalla de mi teléfono…lo siento. Echaré un vistazo. [el mosquito ha muerto, lo he chafado]

  2. No se extrañe usted, ya no se lleva la publicidad viral (eso es ya la prehistoria del marketing), ahora está de moda la publicidad con insectos, uno amaestra a una legión de mosquitos que obligan a índices y pulgares a pulsar en el link de mi blog. Cobran poco y mueren por la causa. Es todo un chollo.

  3. Hay cosas que no me han quedado claras. ¿Qué ha leído usted exactamente de Millhauser? ¿Martin Dressler es uno de ellos, por un casual?

    (Hoy me lo encuentro a usted a cada paso que doy, qué barbaridad)

    Saludos,

  4. Leí “August Eschenburg”, una novelita muy, muy pequeña que me dejó prendado. Luego encontré este libro de relatos, el que reseño aquí, y me dejó peor sabor de boca. No sé, ojalá me tope en algún momento con “Martin Dressler” o alguna otra obra de Millhauser, y así saldré de dudas, así me haré una idea de si es tan bueno como yo creía.

    Usted se encuentra conmigo porque lee por seis, así que algunas lecturas, por fuerza, tienen que coincidir con las mías, que leo, a duras penas, por uno.

  5. No, no lo sabía. Y me da usted una gran alegría. No me había enterado. La verdad es que sigo poco esta editorial, porque suelen publicar cosas que escapan a mis humildes conocimientos. Compraré este libro y así, de paso, tendré mi primer ejemplar de Libros del Asteroide.

    Yo también abrí una vez una hoja de excel con el mismo propósito que usted, pero permaneció vacía e impoluta durante mucho tiempo, hasta que decidí eliminar el archivo. Yo soy más impulsivo, compro muchos libros que no tengo tiempo de leer y luego los apilo en montones donde pueda verlos, así me flagelo silenciosamente y me siento culpable por no leer más.

  6. Jajajaja, eso está bien para la semana santa. Lo de sufrir, digo. A mí también me ocurre. Compro mucho (tengo fama de que no, pero es sólo una campaña personal en favor de lo público (no se lo diga a nadie)) y luego, como lo tengo en casa, leo otra cosa. De gilipollas total. En cambio planifico mucho las lecturas pero como cambio de opinión cada día el resultado es que planifico mucho las lecturas… todos los días. De nota, esto. La semana pasada estaba a saco con los rusos y hoy ando como un tonto detrás de Diderot (qué puta maravilla Jacques el fatalista!), Swift o Heinse. Da igual, sé que no lo voy a cumplir pero me sirve para no olvidarme de los libros y que el tiempo que he pasado investigando no caiga en saco roto.

    Lo de leer más, bueno, eso cada uno sabe lo que puede. Seguramente yo debería leer menos. A mi me ayuda marcarme objetivos. Trato de mantener una media de 90 páginas diarias (anoto cada día lo que leo el anterior y voy ajustando: si me paso, aflojo y si voy corto, apago antes la televisión). No espero alcanzar esos 90 pero la idea es no alejarme demasiado. (Ahora mismo es de 89). Bueno, nada; es una enfermedad como otra cualquiera.

  7. ¿Usted compra libros? ¡Ahora lo entiendo todo! Usted lo que quiere es granjearse una fama, pero luego compra libros, ¡y cambia de opinión en sus planificaciones! Estoy empezando a pensar que usted es humano.

    Por cierto, no es mala idea eso de marcarse una cota diaria. A mí me cuesta mucho, porque mis días son muy desiguales. Por ejemplo, este mes tengo que poner exámenes y, lo que es peor, corregirlos. Y eso es mucho curro en casa. Los meses normales dependen de muchas cosas, de las clases que tenga que preparar, etc. Al fin y al cabo sigo siendo un novato como profesor. Espero que en tres o cuatro años tenga este tinglado completamente bajo control y pueda dedicar mi tiempo a leer y a escribir.

  8. Sí, claro, por eso decía que cada uno sabe lo que tiene en casa. Yo me tiré cuatro años con tres libros cuando nació mi hija. Y dejé la mitad sin acabar. Esto de ahora es un poco
    resarcimiento. Ya se me pasará.

  9. Lo mío no fué un mosquito sino un rastreo “a ver que se cuenta por ahí” del susodicho.
    Debido a la ingesta, que no lectura, de “El lanzador de cuchillos”,,, ¡Quiero más!

  10. Hola Don Pepe,

    yo acabé comprando, finalmente, la novela de Millhauser que publicó Libros del Asteroide: Martin Dresser. La tengo en el montón de las lecturas pendientes, caerá cualquier día de estos. En realidad, tengo ganas de darle otra oportunidad a este señor. Por cierto, ¿qué tal “El lanzador de cuchillos”? ¿En qué editorial la encontró usted?

    Un saludo.

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