El universo teenager de Javier Calvo

 

Los ríos perdidos de Londres, de Javier Calvo

Los ríos perdidos de Londres, de Javier Calvo

 

Lo de ser crítico literario e inventarse un canon para organizar las lecturas de miles de lectores tiene que molar mucho. Lo más parecido que se me ocurre a esto es esas bromas televisivas con una cámara oculta en donde todos los peatones caen en la misma trampa y se les graba primeros planos de sus reacciones hasta que todo se convierte en un chascarrillo. Algunos de los sorprendidos se enfadan, buscan la cámara oculta y reaccionan con violencia. Esos son mis favoritos. Esos son los lectores que mejor me caen. Yo quiero ser uno de esos lectores violentos que reaccionan desproporcionadamente.

Para comenzar, hago todo lo posible por sustituir el canon por mi propio sistema de prejuicios a la hora de elegir libros. Al fin y al cabo es lo mismo, aunque reconozco que los resultados de la fórmula de mi sistema de prejuicios son menos claros que los de la fórmula canon. A saber: si eres norteamericano de la segunda mitad del siglo XX me caes bien; si eres francés me caes bien tanto si eres de la segunda como de la primera mitad; si eres judío me caes mejor siendo europeo que norteamericano; si eres español me caes regular; si eres español y estás vivo me caes bastante mal, a no ser que seas Vila-Matas (entonces me caerías considerablemente bien); etc. Este es a grandes rasgos mi modo de elegir los libros que leo.  Es tremendamente injusto pero absolutamente infalible. Además, para minimizar el margen de error, cotejo mis elecciones con las filtradas por los sistemas de prejuicios de otras personas (los de Lucas Martín, Cristof Polo o Elisa Caltrava, por ejemplo). En mi sistema de prejuicios, como he dejado entrever más arriba, pasan pocos escritores españoles. Pero, al menos, mi sistema de prejuicios tiene la virtud de poder mutar y contradecirse a sí mismo.

Todos los meses compro puntualmente la revista Quimera. El otro día salió un dossier sobre la narrativa española de la primera década del XXI, que venía a decir cómo la literatura española del siglo XXI se está desligando parcialmente de lo que uno acostumbraba a entender por literatura española del siglo XX (afortunadamente). En principio, tuve la tentación de leer a Fernández Mallo o a Manuel Vilas, pero luego imaginé a mis amigos riéndose de mí por modernete. Me sentí ruborizado y deseché la idea. Así que utilicé otra fórmula que resumo en una pregunta final:

¿Ser el traductor de David Foster Wallace es parecido a ser un buen escritor?

Esto me llevó a leer Los ríos perdidos de Londres, de Javier Calvo. Cuatro relatos en donde uno puede ver cómo un tipo que es capaz de meterse en la piel de DFW construye frases por sí mismo. La verdad es que me encantan las frases de Javier Calvo. Algunas de sus frases parecen tener el mensaje implícito de: “menuda frase más guapa te acabo de soltar”. He disfrutado tanto con algunos pasajes de Javier Calvo que me han entrado ganas de haberlos escrito yo.

Pero Javier Calvo no solo es un gran amigo de la sintaxis. En Los ríos perdidos de Londres también parece ser un gran amigo de los adolescentes. A través de sus relatos disecciona un universo teenager con una soltura de orientador de instituto de secundaria. Si los adolescentes del mundo leyeran a Javier Calvo ya no sería necesario volver al género televisivo de las series tipo: Compañeros (esta no me la perdía nunca), Al salir de clase (esta la vi más de lo que me gustaría confesar), Un paso adelante (esta solo llegué a verla porque había niñas ligeras de ropa contorsionándose) o Física o Química (de esta no sé prácticamente nada); porque Los ríos perdidos de Londres es el apogeo narrativo de lo adolescente. Quizá su gran hallazgo esté en no pretender identificar la adolescencia con la realidad -todas las series anteriormente citadas se equivocan en esto-, sino con todo lo contrario. Es decir, en Javier Calvo parece que lo teen cumple la función de lo freak. O, dicho de otro modo, lo teen como condición ideal para lo freak. Visto así, quizá la adolescencia sea el ámbito más adecuado para desarrollar cualquier rasgo de literatura mutante (tenía muchas ganas de poder usar ese término, suena muy bien, literatura mutante, ya lo he dicho otra vez).

De hecho, las teleseries son un material narrativo del que Javier Calvo se sirve constantemente. Buffy Cazavampiros (esta también la he visto), Doctor Who (esta no la he visto nunca) y no recuerdo si alguna otra más. Hablando de teleseries, acabo de descubrir al teclear “Javier Calvo” en Google, que uno de los actores de Física o Química es su tocayo, el que interpreta a Fer, un adolescente homosexual. He visto algunas escenas suyas en Youtube e inevitablemente he pensado en Álex Jardí, el protagonista de uno de los relatos de Javier Calvo (el escritor). Ambos pueden funcionar como ejemplo de la adolescencia freak en el horrible mundo de la Enseñanza Secundaria. Lean a Javier Calvo (el escritor) y vea a Javier Calvo (el actor) y comparen.

 

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12 pensamientos en “El universo teenager de Javier Calvo

  1. me pregunto si tendre que ver alguna temporada de buffy la cazavampiros para entender el rollo teen freak del libro, también me pregunto si influye mucho ser traductor de DFW al escribir, entre muchas cosas me pregunto si un cosmonauta disfrutaría leyendo literatura teen freak en el espacio, vale, creo que sí, salute!

  2. Yo creo que Javier Calvo se sostiene por sí solo. El anexo audiovisual es solo un accesorio más. Y lo de ser traductor de DFW es ese tipo de méritos que unos padres orgullosos cuentan a sus amigos tomando cervezas un viernes por la noche.

  3. Estimado Daniel:
    Gracias por el tweet, por el comentario y por la complicidad con Haneke. Gracias también por darme la pista de tu blog, que he curioseado de aquí para allá, aplaudiendo o rascándome la perilla a partes iguales. Es un placer encontrar a gente que escribe bien sobre literatura, aunque me temo que siempre seré un poco pro-Ibsen (chico, hice la tesis sobre Bergman y nunca soporté Benalmádena; yo creo que Bergman fue el único que entendió que Nora y la Gabbler eran putones pre-Bershka y no se la tomó en serio, haciendo así una Nora mejor que la de Ibsen), pero en la contra suscribo tu opinión sobre Carver punto por punto. Te robo la dirección y la meto en la sección de enlaces para ir polemizando, discrepando y practicando este maravilloso onanismo compartido y bloguero que, al final, es también un poco como Carver y nos permite afrontar cualquier cosa.
    ¡Un abrazo fuerte!

  4. Querido Aarón,

    me tiemblan las rodillas de emoción al tenerte en esta humilde casa. Conociendo tu blog desde hace tiempo y, por tanto, sabiendo un poco por dónde van tus tiros, me divierte mucho saber que te has tenido que rascar la perilla en muchas ocasiones. Te tomo como ejemplo de lo que ojalá haga quien llegue hasta aquí y lea algunas de las barbaridades que dejo caer. Esa es la parte más desternillante de no hacer crítica literaria. En cuanto a Ibsen, disculpa mis arranques misóginos, ¿qué le vamos a hacer?, uno es así y la toma con el primer personaje literario que se le cruza. Pero no te alarmes, a mí de Bergman me gustan hasta los andares.

    En cuanto al resto de improbables lectores de mi comentario, no me cansaré de recomendar el blog de este señor: http://comunidad.uem.es/arodriguez/posts

    Un abrazo muy grande. Hasta la próxima.

  5. No se abstenga, caballero. Si lee a Javier Calvo (o a cualquier otro escritor reseñado en este blog) siempre podrá darnos su opinión.

  6. Hola, qué tal. Como siempre, para escribir el gran hayazgo, una frase, suelta el hilo el opinador íntimo. Bien escrito, íntimo y periodístico. Por eso es normal, aun hoy en día, alabar a Calvo (que es mucho más sincero en aquello que tú dices, en aquello de mírame, estoy escribiendo, porque la frase encabalgada no tiene otra excusa que la estética), sin faltar,unabrazo

  7. Discúlpeme, pero no he entendido su comentario. Revise su sintaxis y su ortografía, porque me es imposible comprender absolutamente nada de lo que ha escrito. Un saludo.

  8. Será el lenguaje de usted de los jefes de estación, a lo mejor no lo domino. En todo caso, Daniel, y es que no sé para qué he dicho nada antes (no quiero empezar a liarme otra vez), pero que me ha parecido que lo que aporta tu artículo íntimo de lectura, un poco aburrido, me dijeron que aquí metías caña, es más de lo mismo y luego el parágrafo clave, la frase que da sentido al poema, bien, hace falta más, estas notas de lectura tienen muchos competidores (te quiero decir) y o se finje un heterónimo o se es menos extenso, pero qué sabré yo, seguiré leyéndote, a ver, disculpa la descortesía,unabrazo

  9. Señor Robespierre,

    no insulte a los demás blogs por mi culpa. Seguro que hay por ahí gente que atienda a un criterio de su gusto. ¿De verdad cree que reconocerme prejuicioso (como todos lo son, como usted también lo es) me convierte en un nazi? ¿No cree que se ha pasado de rosca con ese comentario? Le agradezco, de todos modos, su participación. Un cordial saludo, Daniel.

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