Todavía no tengo edad para leer a John Cheever

La geometría del amor, de John Cheever (antología)

Recuerdo cuando en la Universidad decidí matricularme en una asignatura de Estética oriental. Allí encontré a una profesora que podría haber sido una gran juez de paz en su pueblo. La profesora repartía igual para todos y a menudo decía  que la Filosofía Oriental es tan válida como la Filosofía Occidental; también nos hizo leer a Raymond Panikkar, nos trajo fotocopias con algunas Upanishads y aprendimos a pronunciar adecuadamente Bhagavad-guita y Mahabharata sin que se nos trabara la lengua. Todo un lujo. Yo aprendí a valorar más mi egocentrismo occidental. Años después, mi amiga Inma decidió dejar su trabajo y emprender un viaje que comenzaría en el Tibet y que todavía no ha acabado (si quieren seguirle la pista visiten su valiosísimo blog, mucho más lumínico que la guía del Lonely Planet). Yo volví a regodearme todavía más en mi egocentrismo occidental. Con los indios, los tibetanos o incluso los chinos eso es muy fácil: uno solo tiene que mirarse el ombligo y recitar los postulados -y no mantras- keynnesianos hasta quedarse dormido en el sofá. Pero esta sencilla operación, tan necesaria como comer tres veces al día, se tuerce y se disloca cuando lo intento con John Cheever.

En contraposición a Buda, ¿se podría decir que Cheever es de aquí? John Cheever es el gran escritor de la clase media norteamericana, dicen. Es el Chejov de la clase media norteamericana, dicen. Es la síntesis y el ejemplo de la clase media norteamericana, dicen.

¿Se podría decir que Cheever y yo somos de aquí? Cuando a Lars von Trier le reprocharon el haber hecho Dancer in the Dark sin haber pisado ni una sola vez el suelo de los EE. UU., nuestro querido danés dijo algo así como que los EE. UU. ya estaban aquí. Pero esto es una obviedad más grande que un piano. Así que sigamos.

El caso es que el mundo de John Cheever me suena tan exótico como el de los textos védicos. Y digo exótico en el peor sentido del término y el que peor me deja a mí como lector. Según parece, la grandeza de Cheever está en esa forma de tejer un corpus de sutiles revelaciones sobre la condición humana. Uno lee a Cheever y comprueba la futilidad del hombre tras la jubilación, su soledad en el matrimonio y la incomunicación con sus seres queridos en las vacaciones. Eso y más en una galería de relatos que podrían constituir un patio de vecinos. Y si uno no es un lector entrenado y no capta los detalles de “la grandeza de Cheever”, siempre puede leer la edición de La geometría del amor comentada por Rodrigo Fresán, él ya se encarga a lo largo del libro de evitarle al lector un lost-in-translation ocasional. Eso hice yo. Así de bien me fue. Creo haber entendido a Cheever, y por eso insisto en ese incómodo exotismo.

Cuando hablo de exotismo en realidad estoy hablando de ciencia ficción. Para mí John Cheever es un autor de ciencia ficción en una forma muy concreta. Está claro que no lo es en el sentido de proponer una sociedad alternativa con naves espaciales y androides. Pero sí lo es en un plano mucho más esencial. Por decirlo de algún modo, cuando leo sus cuentos no puedo dejar de percibir una emotividad sci-fi, una escala de valores sci-fi, una manera de ser sci-fi. No es el mundo que describe, sino su modo de estar en el mundo lo que se me antoja una distopía. O quizá sea lo contrario: una utopía a los ojos de un ser distópico (como pudiera ser mi caso).

Aquí lo único que ocurre  es que John Cheever y yo no nos hemos caído demasiado bien, el asunto no ha cuajado entre nosotros. Afortunadamente, ahí ha estado Rodrigo Fresán para paliar los daños. Rodrigo Fresán se ha comportado como la ONU, ha mediado entre nosotros con prólogo y anotaciones, e incluso consiguió que yo le pusiera una sonrisa de oreja a oreja a John Cheever, porque yo soy más de Fresán que de todos los Cheever mesiánicos.  Fresán llega a confesar en un momento del prólogo que Cheever es su escritor favorito. Yo no voy a decir, ni por asomo, lo mismo de Fresán. Pero sí que quizá es mi lector-que-escribe favorito. ¿Quién sabe?, quizá todavía me sea necesario  un cursillo etnográfico para el american lifestyle (como le hubiera hecho falta al protagonista de El desaparecido, de Kafka), o quizá todavía no tengo edad para leer a John Cheever.

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