Un Thomas Bernhard cada seis meses como mínimo

La Calera, de Thomas Bernhard

La Calera, de Thomas Bernhard

Hace algunos años, en una época posterior a Toulouse, estábamos Cristof y yo sentados en la puerta de la facultad. Hablábamos de cosas. Al final llegamos a algo parecido a una certeza pequeñita que nos valió durante un tiempo. Decidimos adoptar un nuevo canon acuñado allí mismo. Decidimos convertirnos en unos intrépidos y firmar un manifiesto. El manifiesto fue un zapato rojo paseado por todo Teatinos. El manifiesto fue cambiar el ¡ay, ay, ay! por una audacia hasta entonces desconocida. El manifiesto fue rasurarnos la cabeza. A continuación, invadimos el piso de Lucas y entre los tres montamos una opereta. Lucas acabó gritando que él también era un intrépido y se rasuró al igual que nosotros. Por fin, el ritual se había completado. Los tres portamos el zapato rojo, que ahora debe de estar en Lituania. Y la intrepidez sigue siendo un manifiesto al que recurrir en ocasiones. Al menos eso quiero creer.

Entiéndase todo lo contrario para leer La Calera de Thomas Bernhard. Quedémonos con el ¡ay, ay, ay!, pero no nos engañemos. Aquí sólo hay desapego hacia uno mismo. En los libros de Thomas Bernhard siempre es demasiado tarde. Es demasiado tarde para La Calera del mismo modo que es demasiado tarde para el resto de su obra. Tendríamos que haber nacido con Bernhard y así quizá todo hubiera sido distinto. Si hubiéramos llegado a la obra de Bernhard desde el principio, nos hubiéramos ahorrado muchos fallos, muchos problemas, muchas decepciones. Ya da igual. Existe un paliativo, leer la obra de Thomas Bernhard en plazos no superiores a los seis meses. Mediante este método podemos hablar de constancia, podemos justificar una cierta frecuencia, pero también podemos dilatar el proceso, podemos pensar que Thomas Bernhard nunca se acabará del todo. Me consta que Cristof aceleró los plazos y ve cómo mengua la obra de Bernhard de una forma desconcertante. Y me parece que Lucas también ha optado por espaciarlo todo lo posible. De momento, debido al aniversario de su muerte o de su nacimiento o de algún otro acontecimiento que poco importa ahora, se están editando obras que hasta la fecha no habían sido traducidas. Por cierto, cada vez que digo Thomas Bernhard también quiero decir Miguel Sáenz, porque hablar de Miguel Sáenz es hablar de un Thomas Bernhard que no existiría con ningún otro traductor. Haced la prueba con Los comebarato, editado en Cátedra y traducido por otro.  ¿Dónde está Thomas Bernhard cuando no lo traduce Miguel Sáenz?

En resumen, La Calera me parece una de las mejores obras de Thomas Bernhard, quizá por el modo de negar aquel día del zapato rojo con Lucas Martín y Cristof Polo.

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