La pianola suena de fondo

Ágape se paga

Ágape se paga

Se me ocurre una fórmula química para explicar Ágape se paga. Imaginen al personaje de El innombrable de Samuel Beckett, en la misma cama, invadido por la voz de Thomas Bernhard para hablar de La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica. Esa fórmula química, en realidad, no es mía. Algo así se esboza en el prólogo de Rodrigo Fresán, o en el del traductor, o en algún sitio. Esos tres elementos siempre funcionarán mejor por separado, pero sí es cierto que este libro de William Gaddis tiene mucho que ver con todo eso, muy en especial con Thomas Bernhard y con Walter Benjamin. En el caso de Beckett tan sólo se puede reconocer la enfermedad de un hombre postrado, con El Innombrable la semejanza sólo aparece como punto de partida. Lo demás es otra cosa bien distinta.

Gaddis leyó a Bernhard bastante tarde. Pero, por suerte para él, lo leyó. ¿Se puede decir que es “una suerte” y no otra cosa leer a Bernhard? Eso no importa ahora. Gaddis tuvo tiempo de dejarse invadir por la voz de Bernhard, como no puede ser de otra forma cuando uno se encuentra con este escritor, y lo demostró asumiendo en su última obra el mismo discurso feroz y radical. El problema es que Bernhard sólo hay uno y que, además, yo no había leído antes a William Gaddis, por lo tanto no conozco a Gaddis haciendo de él mismo. De todas formas, es muy comprensible que el estilo Bernhard sea el más apropiado para hilar un texto de las características de Ágape se paga. El tema, condenadamente obsesivo, lo requiere así.

El tema estaba en la cabeza de William Gaddis desde hace varias décadas. Era necesario hablar acerca de la pianola. Había que hablar de una época en la que un aparato con forma de instrumento es capaz de reproducir lo que un hombre podría hacer con un instrumento. William Gaddis empezó a plantearse el tema como un posible ensayo. Pero ¿quién se atreve a hablar de algo así a finales del siglo XX cuando ya en 1936 Walter Benjamín había dicho todo lo necesario? A William Gaddis le hubiera gustado escribir La obra de arte  en la era de su reproductibilidad técnica. No pudo ser. Así que decidió inventarse una historia en la que quizá se podría haber escrito un ensayo así. Una historia en la que, además, se pudiera hablar sobre Thomas Bernhard y de su libro El malogrado en el que un hipotético Glenn Gould se lamenta de interponerse entre Bach y el piano (¿eso lo dijo de verdad Gould, aparece en la novela de El malogrado o sólo aparece en Ágape se paga? No lo recuerdo).

Comparto lo que dice el traductor sobre la forma de leer este libro, hay que hacerlo como quien oye una conversación ajena. Es algo así como, para explicarlo de otra forma, cuando uno ve un cuadro: tiene que ponerse a la distancia adecuada para contemplar las formas definidas, porque si uno se acerca demasiado tan sólo ve pinceladas de óleo que no se parecen a nada.

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